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Durante años, la conversación sobre ciberseguridad estuvo dominada por una lógica defensiva. Su principal misión era proteger los canales transaccionales, resguardar la información de los clientes y reducir la exposición frente a amenazas cada vez más sofisticadas. Esa responsabilidad sigue siendo irrenunciable, pero hoy representa solo una parte de su verdadero alcance.
En un escenario marcado por la digitalización, la inteligencia artificial y un entorno regulatorio cada vez más exigente, la ciberseguridad dejó de ser una función de soporte para convertirse en un habilitador estratégico del negocio. Su aporte ya no se mide únicamente por los ataques que logra prevenir, sino también por la capacidad que entrega a las organizaciones para crecer, incorporar nuevas tecnologías y gestionar sus riesgos de manera más efectiva.
La industria financiera refleja con claridad esta transformación. La acelerada digitalización de los servicios ha elevado las expectativas de los clientes y el estándar regulatorio. Proteger la información ya no responde únicamente al cumplimiento de una obligación normativa; es una condición para resguardar la continuidad operacional, la reputación y la sostenibilidad del negocio.
Este cambio también está siendo impulsado por la nueva Ley de Protección de Datos Personales, que eleva significativamente las exigencias para las organizaciones en materia de gobernanza, gestión de riesgos y tratamiento de la información. No se trata solo de cumplir una regulación. La Encuesta de Protección de Datos Personales 2025 de PwC Chile muestra que solo un 59% de las organizaciones considera que llegará preparada para implementar la nueva normativa antes de su entrada en vigencia. Esa cifra refleja que desarrollar capacidades sólidas de ciberseguridad dejó de ser un desafío tecnológico para convertirse en una prioridad estratégica.
En ese contexto, el concepto de apetito de riesgo adquiere un rol central. Ninguna organización puede aspirar a eliminar completamente el riesgo sin afectar su capacidad de crecimiento. El desafío consiste en comprender qué riesgos está dispuesta a asumir para alcanzar sus objetivos estratégicos, cuáles no y en qué condiciones puede avanzar. La ciberseguridad aporta precisamente esa capacidad, entregando información y criterios que permiten tomar decisiones con mayor certeza.
Esta evolución también ha transformado el liderazgo de la ciberseguridad. Hoy ya no basta con implementar controles tecnológicos o responder a incidentes. Se requieren líderes que comprendan la estrategia corporativa, participen en el desarrollo de nuevos productos y servicios, y dialoguen con los directorios y la alta administración en términos de negocio, gestión de riesgos y creación de valor.
Por eso, la conversación dejó de ocurrir exclusivamente dentro de las áreas de tecnología. Hoy forma parte de las decisiones estratégicas de las organizaciones, porque el crecimiento, la transformación digital y la gestión del riesgo son dimensiones cada vez más interdependientes.
Los avances regulatorios han contribuido a acelerar este cambio de paradigma, pero limitarse al cumplimiento sería una mirada insuficiente. Las organizaciones que transforman esas exigencias en capacidades permanentes son las que estarán mejor preparadas para adaptarse a un entorno de amenazas en constante evolución y aprovechar las oportunidades que ofrece la innovación tecnológica.
En un mercado donde los ciclos de transformación son cada vez más rápidos, la seguridad no puede convertirse en un obstáculo. Debe facilitar la adopción de nuevas tecnologías y acompañar el desarrollo de soluciones digitales de manera responsable. La velocidad y la seguridad ya no son objetivos contrapuestos; hoy son capacidades que deben avanzar de forma integrada.
La ciberseguridad ya no protege únicamente infraestructura tecnológica. Protege la continuidad operacional, la información de los clientes, la reputación institucional y la capacidad de las organizaciones para seguir creciendo en un entorno cada vez más complejo. Las empresas que integren la ciberseguridad desde el origen de sus decisiones estarán mejor preparadas para competir, porque hoy constituye una capacidad estratégica que habilita el negocio, fortalece la resiliencia y genera valor sostenible en el largo plazo.